domingo, 3 de enero de 2016

Viva la vida. Con pasión, verdad y empatía ...

"Viva la vida. Con pasión, verdad y empatía ¿Mi esencia? Mi familia y mi gente ¿Tauromaquia? Hasta las trancas ¿Madridismo? Sí, claro, pero el de toda la vida ¿Avituallamiento? Sal, carne, pasta, vino, cerveza  y ron con cola ¿Mi paisaje favorito? Las musas. Estado de ánimo: ¿es posible la nostalgia bisoña y esperanzada? ¿Landete? Capital del Reino Republicano de España ¿Tendencia política? Mediocentro abierto a las bandas [...]"
Así comienza Miguel Ángel Malavia, gran amigo de siempre, su primera publicación, precedida por un prólogo excelente de Félix Moratilla, también amigo y estupenda persona. Es difícil escribir sobre una obra de alguien que se conoce, con quien se han vivido momentos inolvidables; pero, como amante de las letras que soy, no puedo sino dedicar un merecido homenaje a quien, salvando las dificultades y superando el esfuerzo que entraña tal empresa, ha sido capaz de publicar el fruto de años de trabajo, de apasionamiento, de devoción profunda y gratuita por lo que hace.
Sí, es complicado hacerse eco en un montón de palabras de lo que supone ver impresa la obra de alguien como Miguel Ángel ... Reconozco que ayer, cuando tuve en mis manos el ejemplar, sentí una inmensa emoción; una especie de orgullo que otorga ese hermanamiento en la amistad -"la amistad es la mejor pasión de todas", escribió su autor en la dedicatoria-
que obliga a alguna lágrima que rememora todos los avatares vividos hasta la luminaria de la obra terminada. Como filóloga que soy, sé de sobra que en toda reseña debe figurar una mención a la biografía del autor; en este caso, pasaré por alto este requisito y dejaré libre mi corazón y mi mente -tan caótica a veces- para hacer justicia a mis impresiones sobre el libro. Aún recuerdo aquellos años -más de veinte- cuando Miguel Ángel, su hermana y yo compartíamos el tedio de las horas en que nuestros padres maestros debían permanecer en el centro tras el cumplimiento de la jornada escolar. Ese tedio se convertía en juegos que a su vez dejaban traslucir unas aspiraciones que ya se iban fraguando en los tres. Tengo tan cercano como si de ayer hablase cómo Maria Jesús y yo nos inventábamos un aula en la que impartíamos nuestras primeras clases; y Miguel Ángel comenzaba a hacerse cronista ingenuo de aquel presente idílico que tanto tenía que desvelarnos aún... Fueron momentos memorables, cimiento de una amistad que aún perdura y por la que siempre daré gracias. Todo me ha demostrado que la vida es caprichosa, pero sorprendente a su vez; pasaron años, nuestros pasos se separaron pero, afortunadamente, en un recodo maravilloso, encontramos un cruce de caminos donde esa amistad aparcada tomó de nuevo su rumbo; la misma que me permite ahora escribir estas líneas.
Y, más allá de todo lo anterior, al margen de vivencias, de nostalgias, de alabanzas infinitas por el cariño que me une a Miguel Ángel, he de decir que -objetivamente- es un libro lleno de pasión, sí, pasión intensa y honda, pero expresada con la palabra justa y clara, que sale libre de las manos -y el alma, sin duda- de su autor, y vuela sin obstáculos a desplegar todo su significado en quien las lee. Hace gala de una prosa viva, nerviosa, joven, en la que es patente una larga vida por delante llena de logros; estoy segura de ello. Si fuera posible condensar la obra en pocas líneas diría que es el retrato de una vida -del inicio de una vida- rica en esa sabiduría fresca que otorga la experiencia sin miedo de la realidad que a todos nos atañe; rica en los temas que a todos nos han preocupado alguna vez; rica en comentarios y respuestas firmes salidas de una mente clara que sabe lo que quiere y cómo quiere decirlo. Yo sé bien poco de muchas de las cuestiones que Miguel Ángel trata con esa autoridad que le otorga la observación de un presente rotundo; por eso puedo afirmar sin reparos que es capaz de filtrar toda una reflexión perfectamente hilvanada para que llegue a su destino sin los lastres del "desenmarañamiento intelectual" a que nos someten muchos otros "castigadores de la palabra".
Desde la humildad de este lugar, de estas líneas torcidas que hoy más que nunca se han empeñado en mostrar su mejor rostro; desde la humildad de quien escribe, que sería incapaz de mirar desde la altura que le otorgaría la edad a alguien cuyo mérito lo ha elevado muy por encima de sus años; desde todas las perspectivas posibles, me es posible afirmar sin temor alguno que es una lectura sumamente recomendable para disfrutar de esa escritura que flota al margen de moldes preconcebidos, para ver el mundo desde una postura novedosa e iluminadora, para conocer lo que es saberse vivo y gritarlo a los cuatros vientos. En definitiva: gracias, Miguel Ángel, por ser como eres y dejárnoslo grabado en tu obra de esa forma tan magistral; tan ... tuya.

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