martes, 18 de abril de 2017

Algo más que lectura (en la Semana del Libro)

Un año más, celebramos la "semana del libro"; hay mil carteles, miles de anuncios, montones de folletos describiendo las muchas actividades que servirán de homenaje a la mayor fuente de cultura de todos los tiempos. Este curso me llega casi por sorpresa; en mi caminar cotidiano, al tiempo que me distraen reflexiones desordenadas, mi andar me lleva -casi sin darme cuenta- a mi antiguo centro; y me quedo allí, sentada ante la fachada, con la mirada perdida en los ventanales que comunican las aulas con el exterior... y me asaltan los recuerdos del curso pasado y cómo acogí ese día del libro con mis compañeros. Fue algo irrepetible, y la conciencia de ello obliga a alguna lágrima rebelde a devanarse sobre mis mejillas. No me muevo de allí, porque ese recuerdo hermoso desencadena el retrato de lo que ha sido la lectura en mi vida; y repaso esos momentos, uno por uno, porque me hacen ver cuánto le debo a los libros.

Un día, cuando era aún muy pequeña, mis padres pusieron en mis manos -el día de mi cumpleaños- un poemario de Gloria Fuertes; y me entristece no conservarlo porque ahí quedó mi primer amor: las letras, la poesía, se grabaron en mí para siempre. En esos días comenzó el viaje verdadero de mi vida; un devenir que me ha llevado a detenerme estaciones tan maravillosas como tristes -esto último, quizá, por la conciencia de mi incapacidad de devolverle a las letras todo cuanto me han dado-.

Crecí como pude; algo muy difícil cuando se acarrea el lastre de una timidez enfermiza que me regaló más ratos de soledad de los que me hubiera gustado, y que dejaron una impronta tan dolorosa en mi carácter que trato de reconducir, pero que, inevitablemente, se traduce en lo sombrío de la mayoría de mis líneas. Y la lectura me sirvió de cobijo; cuando sólo creía ver incomprensión y mi lugar en el mundo se me perdía, siempre había un libro donde me retrataba, un libro que me daba el abrazo que necesitaba, un libro que me llevaba de la mano a un reverso de ese mundo donde yo podía ser quien quisiera y como quisiera. Recuerdo los difíciles años de instituto, esos que viví entre viajes a Madrid -donde estudiaba- y entre compañeras que cada vez se alejaban más del perfil de mi yo auténtico; el libro me salvó, de nuevo. Los veinte centímetros de sobra de la falda de mi uniforme y el cigarro que nunca fumé, y que me separaban de la "popularidad", los salvé alzándome por encima de ellos con mi paraíso de libros. Fue entonces cuando descubrí que me había enamorado profundamente –y para siempre- de la Poesía. Más aún cuando creí que mi vida se agotaba –por un cúmulo de circunstancias- y no duraría más allá del examen de Selectividad-; me encerraba entonces en mi habitación y abría mis apuntes –Machado, Lorca, Blas de Otero, Luis Cernuda, Salinas…- y volaba, volaba con ellos al sentimiento verdadero, y sus versos legitimaban mi alma, … y me salvaron del desastre.

Luego vino la Universidad que no logró espantar mis fantasmas. Pero sí pude refugiarme de ellos en mis horas de biblioteca, buscando con ojos brillantes más y más volúmenes de poesía… Sería complicado explicar hasta qué punto en mi soledad –y no era locura, sino pasión- resonaban las voces y las vidas de tantos autores que me enseñaron a apreciar cada día con la emoción constante del que vibra con un mínimo gesto de belleza, que reside en lo más excelso, o en cada gota de lo cotidiano… Es complicado decir hasta qué punto el libro ha modelado mi alma haciéndola tan sensible a esa emoción que se ha vuelto un tesoro para mí, y un deseo de mostrarlo; por eso la vida me ha llevado hasta donde estoy, por amor y vocación, a sentarme en un aula todos los días a enseñar Lengua y Literatura y, con ellas, entregar a mis alumnos ese regalo que a mí, un día, me dieron los libros por voluntad propia.

… Ha pasado largo rato; demasiado quizá, y sigo sentada en el muro del otro lado de la calle de mi centro del año pasado. Una lágrima ha quedado detenida en mi mejilla, y reanudo con ella mi camino tras echar la vista atrás y trazar en mi memoria otra despedida. Camino mirando al suelo, pensando en esa nueva lectura que, una vez más, me libere de la nostalgia.

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