sábado, 15 de abril de 2017

"Si muero, desde el otro mundo, velaré por ti" (tras escuchar la voz del poeta)

Es extraña, mágica, sobrecogedora, la impronta que deja en el alma la huella del poeta. Cuando levanta su vuelo del papel inerte, y sus versos cobran vida revelando cada resquicio de dolor, de llanto, de sentimiento... la percepción del mundo se congela para despertar al instante, ávida de vibrar con la palabra y su esencia hecha música.

Escuchar su voz, quebrada a veces, hilvanando rimas, armonizando lo escrito en un sinfonía hermosa que nace de lo más profundo de su yo verdadero; escuchar la belleza que mana del poema vivificado por la calidez del aliento de su creador… es retrotraerse al momento del nacimiento del verso, y presenciarlo, y sentirlo enfrente, sin ambages, … sentirlo, como si fuera ese momento primigenio en que el ser del poeta se abre y deja ver al mundo su alma contenida. Escuchar la voz del poeta es un tesoro, un milagro que hace sentir –¿acaso alentar sentimientos puede no serlo?- y muestra el reverso del mundo donde la Poesía es posible:

“Escucho la voz de Rubén Darío e imagino sus ojos profundos anegándose en la belleza de Francisca, buscando en su bondad y su luz aquel bien que el mundo le había negado hasta entonces. Quizá alguna de las lágrimas del poeta resbalaran hasta el cobijo de las manos de Paca, que se alzarían a enjugar su rostro… quizá en ese momento, Rubén comprendería que su galardón en el mundo le estaba siendo dado.

Escucho la voz de Rubén y la siento antesala del abrazo al amor de su vida, por el que se estrenaría al paraíso del afecto verdadero que tanto había buscado y regalado sin ser correspondido. Y ese abrazo primero lo redimió de su pasado, de su dolor, del fantasma de la soledad; y se aferraría a él como si fuera motivo único que lo atase a seguir respirando.

Escucho la voz del poeta y siento deshojarse su fuerza; la imagino susurrar con esa tristeza oculta en la armonía del poema: “Francisca, acompáñame”; la siento deshojarse, dejar volar una emoción sublimada por tener ante sí, entre sus brazos, a la razón tardía de su existencia.

Sí, escucho la voz del poeta y la mía enmudece en el intento de explicar la conmoción en que me diluyo porque caigo en la cuenta de que esa voz de Rubén Darío es la misma que aquella que Francisca guardó para siempre en su recuerdo. Más de cuarenta años esa voz siguió tornando a sus oídos para hacerle revivir su historia de amor, tan única, tan lírica y tan real a la vez… Paca, la “princesa” de la poesía, nunca olvidó a Rubén y lo llevó siempre en su alma porque ahí podía escucharlo en la soledad de su memoria.”

Francisca Sánchez fue reconocida por la vida en su humildad y sencillez con el premio del amor de Rubén Darío; ella así lo sintió y lo amó siempre aunque las circunstancias le negaran la posibilidad de decírselo: y lo amó en la realidad que une los cuerpos, en la distancia que une las almas; lo amó más allá incluso de la muerte, bajo la promesa del poeta de cuidarla por encima de una vida que se le escapaba y que le hizo llegar del otro lado del océano mientras la muerte lo tomaba de la mano:

                        "Si muero, desde el otro mundo velaré por ti"



escribió Rubén en las últimas líneas dedicadas a su "ninfa" -así la llamaba-.Y Francisca –ella misma lo dijo- se sintió protegida por el alma grande de Rubén el resto de sus días. 

Y ambos, ahora, son testimonio vivo del amor, porque ellos borraron los horizontes de ese sentimiento; son testimonio de la belleza porque la mostraron con su entrega firme; y son testimonio de la Poesía que quiso mostrarse ante ellos en su más excelsa forma, visible en los versos del Príncipe de la palabra. Vivos en ellos, siempre, Rubén Darío y su princesa Paca.

1 comentario:

  1. Precioso!!, gracias por dejarme sin palabras. Es de una belleza conmovedora.
    Besos
    Carlota.

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